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miércoles, 13 de junio de 2018

Bertolt Brecht: La infanticida Marie Farrar







1
Marie Farrar, nacida en abril,
menor, sin señas particulares, raquítica, huérfana,
hasta el presente no fichada, dice haber
asesinado a un niño de la siguiente manera:

Que ya en el segundo mes intentó
en lo de una mujer que vivía en un sótano
abortarlo con dos inyecciones, que declara
fueron dolorosas. Pero no quiso salir.
Y a ustedes, les ruego, se abstengan de juzgar
Pues toda criatura necesita ayuda de todas las demás.

2
A pesar de ello dice haber pagado en el acto
lo convenido y desde entonces haber usado faja,
también bebió kerosen con pimienta molida;
pero que todo eso no hizo sino provocarle diarrea.
Que su cuerpo se hinchó a ojos vistas y que tuvo
dolores agudos, mientras lavaba los platos, muchas veces.
Ella misma, dice, aún no había dejado de crecer.
Que le rezó a la virgen, con mucha esperanza.
En cuanto a ustedes, les ruego, se abstengan de juzgar,
Pues toda criatura necesita ayuda de todas las demás.

3
Al parecer, las oraciones no dieron resultado.
También, era mucho pedir. Cuando se puso más gruesa
le daban mareos durante la misa. Sentía el cuerpo húmedo
de miedo, cuando se arrodillaba al pie del altar.
Sin embargo, mantuvo en secreto su estado,
hasta que finalmente la sorprendió el parto.
Pudo ocultarlo todo, seguramente porque nadie creía que ella
tan sin gracia, hubiera caído en la tentación.
Y a ustedes, les ruego, se abstengan de juzgar
Puesto toda criatura necesita ayuda de todas las demás.

4
Que ese día, según ella, muy de madrugada
al lavar la escalera sintió que le clavaban
uñas en el vientre. El dolor la estremecía.
Y, sin embargo, logró disimularlo.
Todo el día. Mientras cuelga la ropa
la cabeza le estalla: de repente se da cuenta
que va a parir y siente un gran peso
sobre el corazón. Solo muy tarde sube al cuarto.
Pero a ustedes, les ruego, se abstengan de juzgar
Pues toda criatura necesita ayuda de todas las demás.

5
La llamaron de nuevo cuando ya se había acostado,
había nevado y tuvo que barrer.
Así hasta las once. Aquel fue un largo día.
Solo entrada la noche pudo parir en paz.
Y dio a luz, así declara, a un niño varón,
a un hijo que era igual a otros hijos,
pero ella no era igual que otras madres, eso
quiero aclararlo sin ironía y sin mayor motivo.
En cuanto a ustedes, les ruego, se abstengan de juzgar
Pues toda criatura necesita ayuda de todas las demás.

6
Dejémosla que siga relatando
lo que con ese hijo pasó
(dijo que no pensaba guardarse una palabra)
para que todos lo sepan y se ubiquen.
Dice que a poco de acostarse sintió intenso malestar,
sin saber qué podría ocurrir,
pues estaba sola, y que se forzó a no gritar.
Y yo a ustedes, les ruego, se abstengan de juzgar
Pues toda criatura necesita ayuda de todas las demás.

7
Con sus últimas fuerzas, dice que luego,
como su cuarto estaba helado, se arrastró
hasta el retrete y allí (no recuerda exactamente
en qué momento), sin más vueltas, parió
hacia el amanecer. Dice que entonces se sintió
muy confusa, y luego, ya medio congelada,
porque en el baño de servicio entra la nieve,
apenas tuvo fuerzas para alzar al niño.
En cuanto a ustedes, les ruego, se abstengan de juzgar
Pues toda criatura necesita ayuda de todas las demás.

8
Luego, entre el baño y la pieza -dice que hasta entonces
no había pasado nada-, la criatura
comenzó a gritar, eso la alteró de tal manera,
que la golpeó con ambos puños y con fuerza,
ciegamente, dice, hasta que se calló.
Luego de ello se llevó el cuerpito consigo
a la cama por el resto de la noche
y de mañana lo escondió en el lavadero.
Pero a ustedes, les ruego, se abstengan de juzgar
Pues toda criatura necesita ayuda de todas las demás.

9
Marie Farrar, nacida en abril,
muerta en la prisión de Meissen
madre soltera, sentenciada, quiere
mostrarles los sufrimientos de todas las criaturas.
Ustedes que dan a luz en limpias
camas de maternidad y llaman
"benditos" a sus vientres preñados quieran
no condenar a los débiles perdidos
pues sus pecados fueron duros y su dolor fue grande.
Por eso, les ruego, se abstengan de juzgar
Pues toda criatura necesita ayuda de todas las demás.







Versión castellana de Vicente Romano y Jesús López Pacheco
Original: Von der Kindsmörderim Marie Farrar (1922)
En Hauspostille (1916-1925)




domingo, 29 de abril de 2018

Joaquín Giannuzzi: Tres poemas





Instituto de belleza

El derrumbe de un cuerpo
no proclama el fracaso del universo.
El piojo se deteriora súbitamente;
los leones caen en un soñoliento
crepúsculo reumático.
Como los hombres de Hesíodo.
Así, durante un sepelio observé
la majestuosa degradación
de un ramo de gladiolos.
Entonces compruebo estupefacto
la alienada esperanza de negar y resistir,
el estúpido escándalo que confunde lo bello con lo inmutable
y que hace de miss universo, por ejemplo,
el último juguete de occidente.


En Las condiciones de la época (1967)



Violín obligado


Obligado - Mús. Un obligado de tenor, trompa, violín,
clarinete, etc., se entiende un pasaje destinado
expresamente a tal voz o a tales instrumentos
y que ninguno otro dice (Enciclopedia Espasa. V. 39).

En tu cerebro harapiento entró Mozart:
una ética absoluta, fresco y antiguo.
Cuántas cosas desde el mundo lo ocupaban,
pesadas. Puertas, caminos,
y montañas de polvo que reclamaban
un orden para un significado.
Pero el violín circuló
y todas las desesperaciones lo seguían
en círculos, como perros que no alcanzan
el tema central, la intensidad secreta,
el solo de Mozart en su cielo obligado.


En Violín obligado  (1984)
Portada de Giannuzzi, Joaquín O.; Obra Completa, Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2014







Nombrar y mover

Amanece en el cuarto cerrado.
La primera mirada tiene
la energía de un joven felino.
Las cosas no estaban allí,
una tras otra van naciendo del ojo
y recuperan su nombre.
Soy el recién despierto creando
objetos puros a su alrededor.
Salto hacia ellos con ambiciosos planes de dominación
y ninguno tiene una respuesta interna.
Mi poder es un círculo perplejo
y no hay individuos entre tantas superficies heladas.
Sólo el escándalo no resuelto de mi cabeza,
el error que comete al moverse.

En Apuestas en lo oscuro  (2000)
Parroquia de Apóstol en Campo Quijano, última residencia de Giannuzzi

martes, 10 de abril de 2018

Abelardo Castillo: El tiempo de Milena [con nota del autor]







Claro que, tal como se presentaban las cosas ese atardecer, lo mejor era ir considerando la posibilidad de tomarla en serio, quiero decir que si ella, Milena, amenazaba acostarse con el primer imbécil que se cruzara en su camino, tal vez fuera razonable admitir que, efectivamente, era capaz de hacerlo. ¿O esa que estaba entrando en el hotel Las Brumas, de la calle Acoyte, en compañía de un tipo que debía de llevarle treinta años y que parecía un corredor de seguros que ha tenido un buen día, no era Milena? Por supuesto que era Milena. Podía no serlo, de acuerdo. Su larga pollera floreada, de hindú, su blusa de eso que las mujeres llamaban bambula y sus zapatillas chatas, el collar de varias vueltas y piedras de colores que le caía hasta la cintura, sus cuadernos de la facultad bajo el brazo, su pelo lacio y esa manera de caminar que le daba aquel aire de «mi ombligo es mi brújula», podían pertenecer a unas cincuenta mil adolescentes argentinas de los años sesenta, pero sólo una había discutido conmigo esa misma tarde en el bar La Comedia, a sólo una yo le había dicho que se hiciera revisar la cabeza con su pediatra, sólo una había amenazado irse a la cama con el primer imbécil que se le cruzara en el camino, a sólo una yo le había dicho que por mí podía acostarse con el Mahatma Gandhi, y sólo una, luego de levantarse de la mesa con un apreciable desparramo de pocillos y vasos me había dicho desde la puerta:

–¿Viste la casa de los perros?

–Qué casa de qué perros, perdón.

Yo estaba a unos tres metros, sentado todavía a la mesa, tratando de aparentar que aquél era un diálogo amistoso entre dos jóvenes modernos pero civilizados. Serían las tres de la tarde. Unas treinta cabezas se volvieron hacia la puerta del café. Me habían mirado y ahora miraban a Milena. Creí notar en el aire cierta ansiedad por su respuesta.

–Los perros de mármol. La casa a la que una vez me dijiste que le ibas a escribir un poema de mierda y me lo ibas a dedicar a mí.

Estábamos en los años sesenta, ya lo dije, pero de hecho no podíamos saberlo, o por lo menos yo no lo sabía. Milena, en cambio, sí lo sabía, tal vez era la única en aquel café que ya lo sabía.

–Vi la casa y vi los perros –admití–. Pero no pude haber dicho nada semejante porque nunca digo malas palabras.

Tampoco podía habérselo dicho una vez: sólo la conocía desde la noche anterior. Claro que el tiempo de Milena y el mío no corrían de la misma manera, ni siquiera, quizás, en el mismo sentido. Pero esto lo comprendí del todo muchos años después.

–Viste la casa –dijo Milena–, bueno. Hoy mismo estate por ahí a eso de las siete.

La puerta, súbitamente sin Milena, dio unos bandazos en el vacío como si por ella estuviera entrando o saliendo una fantasmal sucesión de Milenas invisibles.

Ahora eran las nueve de la noche y Milena, con aquel difuso anacronismo de traje gris, salía del hotel de la calle Acoyte. Milena saliendo de un hotel con un señor vestido de traje, como cuando años después nos enteramos de que Marilyn se acostaba con Kennedy. Happy Birthday, Mister President, por favor. En la esquina había un quiosco de flores, y si estaba por ocurrir lo que efectivamente ocurrió, era para vomitar. El tipo le compró un ramito. Ella le dio un beso en la mejilla y él tomó un taxi. Cuando el automóvil arrancó, Milena le hizo chau con una mano y con la otra amagó tirar las flores a la alcantarilla. Lo pensó mejor y se las devolvió a la florista. Bueno, por lo menos era parcialmente humana.

Vino directamente hacia mí.

–Te lo dije –dijo.

–No te imaginás lo celoso que estoy –dije yo–. ¿Ya te confesó que si no fuera porque la mujer tiene cáncer de próstata se casaba con vos?

Milena me miró, achicando los ojos.

–¿Las mujeres tenemos próstata? –preguntó con desconfianza.

–La de él, sí. La mujer de él se llama Osvaldo y es ingeniero agrónomo.

–Ja –dijo Milena.

Después estábamos en la puerta del bar La Paz, y esto, que se escribe fácil, requiere explicar que debimos de haber caminado unas cuarenta cuadras en silencio. Parece mucho, pero no lo es, o por lo menos no lo era. Yo tenía veinticinco años y Milena diecisiete. Lo más difícil de ese trayecto fue seguramente el silencio, no la distancia.

–No digas que no te di una chance –dijo Milena.

Todavía no habíamos entrado en el bar. Estábamos parados ante la puerta. Milena tenía ahora un aire lúgubre y algo rencoroso.

–Una chance –dije yo–. Vos me diste una chance a mí.

–Sí, tarado. Mirá lo que me hiciste hacer. Cuando me viste pasar podrías haberme dicho que me querías y agarrarte a patadas con el tipo.

–Eso es cierto –dije yo–. También podría haber hecho otra cosa.

–Qué –dijo Milena.

–Lo que voy a hacer ahora.

–Qué vas a hacer –dijo Milena, otra vez desconfiada.

No se lo dije. Le pegué un sopapo tan sorprendente, incluso para mí, que Milena, después de abrir la puerta vaivén con la espalda, fue a caer sentada dentro del bar.

–Estos hippies son todos drogadictos –le comentó a su mujer un señor que pasaba.

Media cuadra antes de llegar a Callao, solo, yo iba pensando que esta chica no era para mí. Estaba loca, se vestía como Indira Gandhi y decía malas palabras. La había conocido esa misma madrugada, precisamente frente a la casa de los perros, y no nos habíamos separado en todo el día. Nos habíamos ido a la cama juntos a la hora de almorzar, habíamos discutido por Simone de Beauvoir a las tres de la tarde, a las siete ya me había sido infiel y a las diez de la noche del mismo día había conseguido convertirme en un varón golpeador. Si esto duraba una semana, íbamos a salir en el Libro de los Records Guinness. Pero que se muera, pensé. El señor de La Paz tenía razón, aunque sólo tomen leche, como Milena, estos hippies son todos drogadictos. Los drogan los chocolatines, la música pop, el agua mineral, la Revolución Cubana. Lástima que fuera tan linda, aunque la palabra exacta no es linda. Era mucho más que linda. Era como si fuera de ámbar. Cómo podía ser que una envoltura tan diáfana como el cuerpo de Milena encerrara semejante desastre. Momento en que oí detrás de mí una especie de tropel algodonoso, me di vuelta y caí de espaldas en mitad de la vereda, con Milena encima.

Nos separó un policía en el preciso instante en que Milena, montada sobre mi estómago, blandía una birome y decía que no me la clavaba en el ojo de lástima. Ese mismo vigilante nos llevó a la comisaría quinta, donde, en algún momento, sobrevino el siguiente diálogo.

–El nunca me pegó –decía Milena–, y si me hubiera pegado no es cosa de ustedes. Es mi amante y puede hacer lo que quiera.

–Si es su amante, lo que puede es ir preso –dijo el oficial de guardia, y me miró–. La señorita es una menor.

–Le mentí –dijo Milena–. A él le mentí, le hice creer que tenía veintiuno. Y si no nos deja ir les juro que declaro que el tortazo me lo dio el vigilante. Pongo de testigos a todos los de La Paz. Por si no lo saben –agregó asombrosamente–, los derechos adquiridos no se pierden.

Nadie entendió qué quiso decir pero nos dejaron en libertad. Después era de madrugada y estábamos caminando otra vez por el Parque Lezica. Cruzamos hacia el caserón de los perros de mármol y Milena dijo que era una casa tan hermosa que le daban ganas de llorar.

–Sí, se ve que siempre fuiste muy sensible –dije yo–. Pero ahora explicame algo. Por qué esta tarde dijiste eso de que una vez yo te dije no sé qué cosa.

–Porque me lo dijiste. Dijiste que ibas a escribir un poema sobre esta casa y me lo ibas a dedicar a mí.

–Un poema de mierda –precisé.

–Eso me salió porque estaba enojada.

–Pero por qué dijiste una vez. Yo te conocí ayer: estabas mirando la casa y yo me paré a hablar con vos, y entonces te lo dije.

Milena me miró. Separó apenas los labios como si estuviera a punto de decir algo, que finalmente no dijo.

–Vos qué sabés –murmuró.

No volví a verla hasta quince años más tarde. Y esto también se escribe fácil. Lo mejor, por ahora, es decir que en esos años los grandes amores no duraban mucho y que el nuestro no fue una excepción. Nos defendíamos del tiempo. Nadie quería que la mujer o el hombre de su vida envejeciera, y eso, supongo, tendía a acortar las pasiones. Era preferible recordar: el recuerdo, como la ceguera, deja los rostros intactos. La casa de los perros fue demolida. Los hippies se transformaron en farmacéuticos o en melancólicos. Los Beatles se separaron. En Bolivia mataron al Che. Yo cumplí cuarenta años.

–Hola –dijo Milena.

Yo estaba sentado en un banco de la plaza de Córdoba y Jean Jaurés y hacía más o menos un minuto había tenido una revelación: había visto los perros de mármol. Era el mismo grupo de lebreles que, quince años atrás, ornamentaba el jardín de la casa de Parque Lezica, y ahora Milena estaba parada frente a mí. La misma pollera hindú, el mismo collar. Seguía teniendo diecisiete años. No quiero decir que era una mujer que parecía una adolescente, tampoco quiero decir que aquélla era su hija. Quiero decir que era Milena y que seguía teniendo diecisiete años.

Cuando lo imposible empieza a suceder, lo más razonable es aceptarlo con naturalidad.

–Hola –dije.

Ella se sacó con lentitud los anteojos negros que traía puestos y acercó su cara hacia mí.

–Hola –repitió.

–Qué te pasó en el ojo –pregunté.

–Después del tortazo que me diste anoche preguntás qué me pasó en el ojo.

Hice una pausa.

–Para mí eso fue hace quince años, Milena.

–Sí –dijo Milena–. Pero vos no sabés nada.

De todas maneras, yo sabía. Lo supe quizá desde la primera vez que la vi. Milena no habitaba la misma realidad que yo, que ninguno de nosotros. Ella tenía un tiempo suyo, vivía en unos pocos días de los años sesenta como en una isla personal, y sólo ahí uno podía encontrarla, más o menos como a las náyades se las encuentra en sus ríos o a las sirenas en el mar. Todo cambiaba o se desmoronaba a su alrededor, pero ella seguía en un Buenos Aires donde, frente al Parque Lezica, había una gran casa con perros de mármol en el jardín; ella andaba, para siempre, con su collar hasta la cintura y su blusa de bambula, por una calle Corrientes donde seguían, indemnes, el cine Lorraine, los quioscos de revistas literarias, el bar La Comedia.

–Vos comprenderás que esto es imposible –dije.

–Cómo va a ser imposible si está sucediendo. –Me miró y se rió–. Los derechos adquiridos no se pierden.

Volvimos a pasar todo un día juntos. Del encuentro siguiente recuerdo menos su cuerpo que un largo paredón, un puente y, allá abajo, las vías del tren, en una madrugada de Caballito o de Flores. Después, es como un hueco y estamos caminando por la Boca. Hay, en algún lugar de mi memoria, un vago resplandor de mástiles iluminados y un eco remoto de canciones italianas que venían de cantinas. O, tal vez, eso fue otra noche, cinco o seis años más tarde. Esa noche, la de los mástiles, una violetera le había dicho:

–Pídale a su papá que le compre un ramito.

–Comprame –dijo Milena. Y a la violetera–: No es mi papá. Es mi amante.

–Con más razón –dijo la violetera.

–¿Viste? –oí cerca de mi nuca, al rato.

–Si vi qué.

–Que le pareció natural.

En ese momento Milena caminaba detrás de mí, pegada a mi espalda, abrazada a mi cintura y sincronizando sus pasos con los míos.

–No tiene nada de natural, Milena. Un hombre de mi edad no se pasea por la Boca, a la madrugada, jugando a los siameses, con una chica de diecisiete años que tiene un ojo negro y que, además, no existe.

–Ufa –dijo Milena.

Después dijo que el moretón ya casi ni se le notaba. En los tres últimos días se había puesto un bife crudo en el ojo. Lo había leído en una revista de boxeo, era lo mejor para los moretones.

En los últimos tres días, había dicho. Más de veinte años para mí. Cosa que apenas era grave, considerando lo que supe unos años más tarde, en la Costanera Sur. Yo no podía encontrarla voluntariamente: ella aparecía en cualquier momento y pasaba un día o dos conmigo. Por alguna razón, su tiempo, el tiempo de Milena, sólo abarcaba una semana. Ella me lo dijo o yo lo deduje de algo que dijo. Le pregunté por qué. Milena me miró como si yo fuera un chico idiota y cambió de conversación. Nuestro primer encuentro, el único que yo consideraba real, había ocurrido la madrugada de un domingo, frente al Parque Lezica.

–Según eso –dije–, nos conocemos desde hace cinco días.

–Chocolate por la noticia –dijo Milena.

Estábamos en un hotel de la Costanera, y ella, con lenta aplicación, se pintaba de plateado la uña del dedo gordo del pie. Para esa época mi generación había perdido ciertas ilusiones de cambiar el mundo y yo tenía más de cincuenta años. En la Costanera Sur nadie se fija mucho si un hombre de cincuenta años entra en un hotel con un travesti, con una cabra o con la hija.

–O sea que nos quedan dos días.

–Tú lo has dicho, Caifás –dijo Milena.

–¿Y cuándo voy a verte otra vez? –pregunté, después de pensarlo bastante.

–Mañana. Si querés.

Le pregunté cuándo era mañana para mí, y ella contestó que por qué no me callaba, que le hacía perder la concentración. En el cielo raso del cuarto había un gran espejo. Yo, de espaldas en la cama, le pedí que mirase hacia arriba.

–Sí –dijo Milena–. No sé cuál es la gracia de estos espejos. Si estás encima mío y abro un ojo te veo el culo.

–No seas irrespetuosa, Milena. Tengo tres veces tu edad. Lo que quiero preguntarte es qué ves.

–Me veo a mí mirando para abajo, y te veo a vos. Pegados al techo parecemos moscas.

–Me ves a mí. Lo que te pregunto es si pensaste qué vas a ver de mí mañana.

Milena guardó el frasquito y el pincel en su gran mochila floreada. Se me echó encima, bufando, acercó mucho la cara a mi cara y dijo:

–Te voy a ver a vos. Lo que estás mirando ahí no tiene nada que ver conmigo. Yo te voy a ver siempre como sos.

–Y cómo soy.

–Viejísimo –dijo Milena.

Eso fue hace años. Mañana fue hoy mismo. Cada día que pasa me gusta menos lo que veo en los espejos, me agito cuando subo por las escaleras, toso, y un día de éstos tendré que resignarme a dejar el cigarrillo. Esta vez no quise entrar con ella en ningún hotel. La traje acá. Hasta hace unas horas, Milena andaba por la casa preparando café, dándole de comer a mi gato, husmeando en mi biblioteca. En algún momento de la noche oí una especie de grito de pájaro y la vi venir con un papel en la mano.

–Me lo escribiste. Viste que me lo ibas a escribir.

–Sí, te lo escribí. Hace casi treinta años, cuando demolieron la casa. Es bastante malo.

–A mí no me parece –dijo Milena–. Pero acá pusiste que los perros son de piedra, y esos perros son de mármol.

–Mármol no rima con nada. Piedra rima con hiedra.

–Mármol rima con árbol –dijo Milena.

–No. Esa es una rima falsa, Milena.

–Y vos sos medio pedante –dijo Milena–. Qué es una rima falsa.

Era nuestra víspera, nuestro penúltimo encuentro, y ella quería saber qué es una rima falsa. Ni siquiera nos habíamos ido a la cama, suponiendo que hoy eso hubiera sido una buena idea. La había encontrado a la tarde, en Parque Chacabuco, jugando a la payana con unos chicos rotosos que parecían salidos de un cuadro de Berni. Yo volvía del médico y ella estaba sentada en el pasto, en la posición del loto, tirando piedritas hacia arriba y recogiéndolas con el dorso de la mano. Casi la piso. Dónde te creés que vas, me dijo desde allá abajo, riendo, y se puso de pie y me tomó del brazo, y ahora eran casi las doce de la noche y Milena quería que le explicara qué es una rima falsa.

–Fue una broma –dije.

También le dije que siempre había querido preguntarle algo.

–Zas –dijo Milena–. Qué.

–Aquel día, me refiero al domingo, después de haber estado conmigo, ¿de veras fuiste capaz de acostarte con el cretino del traje? –Milena empezaba a abrir la boca cuando agregué–: Mentime, por favor.

–Cómo te gusta complicar la vida –dijo Milena. Pensó un momento, dudó y me miró–. No me acosté.

–Y a qué fuiste al hotel.

–Eso qué tiene que ver. Cuando estábamos adentro le dije que era virgen y que si me tocaba me ponía a gritar. Es un ayudante de cátedra. Terminó aconsejándome que no fumara tanto y explicándome la Revolución Mexicana.

–Me estás mintiendo.

–Usted sabrá –dijo Milena.

Tal vez yo me había equivocado el primer día, tal vez esta chica era, exactamente, para mí.

Como ya dije, pronto sería medianoche. Si ahora le pedía que se quedara a dormir conmigo, íbamos a entrar en un nuevo amanecer y este encuentro sería, definitivamente, el último.

Le pedí por favor que se fuera. Me preguntó por qué.

–Porque quiero verte mañana –le dije.

–Si me quedo, también vas a verme mañana.

–No es lo mismo, Milena.

Y ésta fue, hasta hace unas horas, mi historia con Milena.

Tal vez terminó esta noche, o tal vez me queda un día más. He pensado que aunque yo ignore cómo hallarla, ella, en su semana del sesenta, con su blusa de bambula y su pollera hindú y sus cuadernos de la facultad, vendrá a buscarme mañana. Ya conoce mi casa, ya sabe cómo encontrarme. Sólo espero, mientras me preparo a envejecer, que el mañana del tiempo de Milena no llegue, para mi tiempo, demasiado tarde.


Abelardo Castillo
En Del mundo que conocimos. Antología personal (2016)
Ilustración de REP - Miguel Repiso


El cuento por su autor

Todo lo que puedo decir de este cuento es que su origen fue un sueño, o mejor, tres o cuatro ráfagas de sueños discontinuos en una semana de fiebre de casi cuarenta grados producida por una gripe virósica. La palabra “sueño” es inexacta. Yo estaba despierto mientras Milena, que todavía no se llamaba Milena, se materializaba a su capricho en algún lugar entre mi cama y el cielo raso, lugar que era al mismo tiempo mi dormitorio y los años ‘60 y el bar La Comedia y un puente sobre las vías y el Parque Lezica y el paso del Tiempo y la comisaría quinta. En esa comisaría le oí decir con toda claridad que los derechos adquiridos no se pierden. Cuando reuní los fragmentos de esta historia a rachas, le conté el resultado a Sylvia y a la gente de mi taller y, como suele pasarme, eso me pareció suficiente y perdí toda necesidad de escribir nada. Casi un año después, supe de golpe que la chica sin nombre se llamaba Milena, como la de Kafka, y compuse el cuento de un tirón. Una noche lo leí. Recuerdo que Paola Kaufmann, al oírlo, me dijo: “Falta la parte donde ella dice que los derechos adquiridos no se pierden”. Yo alegué que eso no tenía nada que ver con la historia, que era un disparate, producto de la fiebre. “Pero si era lo mejor de todo”, me dijo Kaufmann. No sé qué pensará el lector. Yo empiezo a creer que tenía razón.


Abelardo Castillo
En Página 12, Suplemento Verano 12




miércoles, 4 de abril de 2018

Carlos Latorre: Dos poemas y una carta de despedida de Francisco Madariaga







El amor y todo


Bella como las mujeres que aparecen en los sueños de los buscadores de oro,

honda como la música de la obsesión surgiendo de los bares portuarios entre copa de delirio

y humo de restos de perdición,

así es tu vida cazadora de instintos extremos indispensables para hilvanar hilos de vida,

hilos de amor,

hilos de pensamientos sospechosamente atractivos.

Tu boca devuelve palabra por palabra,

beso por beso,

ambos tendientes a demostrar la existencia de los cuatro elementos

y los cinco sentidos

y son tus manos las que echan leña a la hoguera

o destruyen

sin compasión

los botes del naufragio, no siempre imprevisto.

Pero aún así,

por tu solo consentimiento puedo llegar a sacrificar la ciega bestia de mi libertad

o falsear toda verdad

o todavía matar el tiempo que ya no me puede matar.


En Los cuadernos del azar (1975)
Textos de Carlos Latorre en puesto de libros usados de Buenos Aires, marzo de 2018










Tren de vida


Todo lo que ya agotó mi pasión,

ahora lo explora mi inteligencia.

¿El resultado?

Hasta aquí una artera respuesta tan distante de la

magnitud de lo gustado

como puede estarlo la razón de la esencia de lo secreto

y sus dientes ferozmente apretados.

Una montaña no es su ladera visible,

la que si bien es cierto,

denuncia su forma,

no da cuenta del material soterrado

o corazón,

corazón de hombre,

antológicamente considerado.

Lo mismo sucede con el río que,

agua por fin,

es también vena de sangre a su modo;

o con un océano de lágrimas

o con una cuchilla de carnicero

o de tierra,

de tan erizada, erguida punta de hierro.

Inútil poner a cualquiera de espaldas

o volverles la cara;

lo que guarda la entraña, nada ni nadie lo separa,

y lo que la entraña rechaza es lo que deriva entre la mera idea

y la sola palabra.

Debe ser como decía:

consigna o fatalidad,

todo lo que ya agotó mi pasión

viva todavía,

ahora lo explora mi inteligencia.

¿Morir?

Morir es vivir otra experiencia.


En Campo de operaciones (1973)

Retrato de Carlos Latorre









Carta de despedida de Francisco Madariaga, a la muerte de su amigo

Carlos Latorre se va hacia otra aventura.


“¿Pero qué es el pormenor de la ausencia? Las personas no mueren, quedan encantadas”. “Y cuando un día debe morirse, habrá de sentir nostalgia de tanta cosa”, decía el gran escritor Joao Guimaraes Rosa a través de uno de los personajes de una obra. Y ahora Carlos Latorre, que ya seguramente en esta mañana de Buenos Aires, estarás arreglando cuenta con la vida al nivel del horizonte, preparándote para la hora de la Resurrección de todos los muertos, es decir, de todos los sueños… Y como es cierto lo que decía Baudelaire que “la Poesía es la negación de la iniquidad”, una parte de este misterio vital de todos los hombres, la Poesía, se nos aleja hoy contigo, se nos hace subterránea y de aire libre, pasa a otra aventura, a otro coraje, a otra bondad. A otra contra-iniquidad. Y como todo fue verdadero, libre y límpido entre tú y tus amigos, y como sé que nunca olvidas lo que ha dicho nuestro querido Albero Vanasco: “la amistad de los poetas es lo mejor de la poesía”… por tantas cosas, hoy te pedimos en esta pequeña oración:

TEN NOSTALGIA DE NOSOTROS, DULCE Y BRAVO LATORRE.



Texto de Francisco Madariaga leído en el entierro de Carlos Latorre en el Cementerio de la Chacarita en Buenos Aires el 3 de enero de 1980.
Retrato de Francisco Madariaga en el litoral argentino.

miércoles, 14 de marzo de 2018

Leónidas Lamborghini: La espada, el báculo







I
lo que vencida por la edad: la espada.
lo que se queja: el báculo más corvo y menos. lo que
la sombra hurta. los ojos
que no hallan.
el recuerdo menos. la espada
menos.

II
por quien caduca ya: más corvo y.
lo que no halla
en qué. la espada menos fuerte. lo quejoso del báculo.
lo que la muerte desmorona: ojos.

III
recuerdo de la muerte: los arroyos
del yelo. lo que la sombra. los despojos. el
yelo en que los ojos. el monte. la espada. ya:
de yelo.

IV
lo que la sombra hurtó: la luz.
la espada de la luz. lo más del báculo.
los muros fuertes. la edad por quien:
la valentía.

V
el sol bebía: los arroyos. los ganados ya
desmoronados. el yelo de los ojos. del báculo. el yelo
del monte. de la sombra.

VI
de la carrera de la edad. la carrera del báculo
cansado. del monte. la carrera
de la espada. de los ganados. la carrera del sol
cansado. de las sombras. la carrera de la luz. del yelo.
la carrera de los muros cansados. de los arroyos
de la edad:
cansados.

VII
entré y salime: vi que con sombras. miré.
entré en mi casa: anciana amancillada. salime
al campo: vi que el sol. miré. entreme: vi.
salime.

VIII
poner la luz. el báculo.
poner los muros. el monte. poner
la habitación. la casa. poner
la espada. el recuerdo. poner los ojos:
poner en qué.


Leónidas Lamborghini
En El Riseñor (1975)
Retrato de Leónidas Lamborghini para Revista La Leónidas



miércoles, 7 de febrero de 2018

Fernando Pessoa: He vivido, durante unas horas incógnitas, momentos sucesivos sin relación... (Bilingüe)






251

He vivido, durante unas horas incógnitas, momentos sucesivos sin relación, en el paseo en que he ido, de noche, a la orilla solitaria del mar. Todos los pensamientos, que han hecho vivir a hombres, todas las emociones,que los hombres han dejado de vivir, han pasado por mi mente, como un resumen de la historia, en esta meditación mía andada a la orilla del mar.

He sufrido en mí, conmigo, las aspiraciones de todas las eras, y conmigo se han paseado, a la orilla oída del mar, los desasosiegos de todos los tiempos. Lo que los hombres quisieron y no hicieron, lo que mataron al hacerlo, lo que las almas fueron y nadie dijo: de todo esto se ha formado el alma sensible con que he paseado de noche a la orilla del mar. 

Y lo que los amantes extrañaron en el otro amante, lo que la mujer ocultó siempre al marido de quién es, lo que la madre piensa del hijo que no ha tenido, lo que tuvo forma solamente en una sonrisa o en una oportunidad, en un tiempo que no fue este o en una emoción que falta —todo esto, en mi paseo a la orilla del mar, ha ido conmigo y ha vuelto conmigo, y las olas retorcían magnamente el acompañamiento que me hacía dormirlo. Somos quien no somos, y la vida es veloz y triste.

El ruido de las olas por la noche es un ruido de la noche; ¡y cuántos lo han oído en su propia alma, como la esperanza constante que se deshace en la oscuridad como un ruido sordo de espuma profunda! ¡Qué lágrimas lloraron los que obtuvieron, qué lágrimas perdieron los que consiguieron! Y todo esto, durante el paseo a la orilla del mar, se me tornó el secreto de la noche y la confidencia del abismo. ¡Cuántos somos! ¡Cuántos nos engañamos! ¡Qué mares suenan en nosotros, en la noche de ser nosotros, por las playas que nos sentimos en los encharcamientos de la emoción! Lo que se ha perdido, lo que se debería haber perdido, lo que se ha conseguido y se ha satisfecho por error, lo que amamos y perdimos y, después de perderlo, vimos, amándolo por haberlo tenido, que no lo habíamos amado; lo que creíamos que pensábamos cuando sentíamos; lo que era un recuerdo y creíamos que era una emoción; y el mar en todo, llegando allá, rumoroso y fresco, del gran fondo de toda la noche, a agitarse fino en la playa, en el decurso nocturno de mi paseo a la orilla del mar…

¿Quién sabe siquiera lo que piensa, o lo que desea? ¿Quién sabe lo que es para sí mismo? ¡Cuántas cosas sugiere la música y nos sabe bien que no puedan ser! ¡Cuántas recuerda la noche y lloramos, y no han sido nunca!

Como una voz suelta de la paz tumbada a lo largo, el enrollamiento de la ola estalla y se enfría y hay un salivar audible por la playa invisible. ¡Cuánto me muero si siento por todo! ¡Cuánto siento si así vagabundeo, incorpóreo y humano, con el corazón parado como una playa, y todo el mar de todo, en la noche que vivimos, batiendo alto, zumbón, y se enfría, en mi eterno paseo a la orilla del mar!


251

Durei horas incógnitas, momentos sucessivos sem relação, no passeio em que fui, de noite, à beira sozinha do mar. Todos os pensamentos, que têm feito viver homens, todas as emoções, que os homens têm deixado de viver, passaram por minha mente, como um resumo escuro da história, nessa minha meditação andada à beira-mar.

Sofri em mim, comigo, as aspirações de todas as eras, e comigo passearam, à beira ouvida do mar, os desassossegos de todos os. tempos. O que os homens quiseram e não fizeram, o que mataram fazendo-o, o que as almas foram e ninguém disse — de tudo isto se formou a alma sensível com que passeei de noite à beira-mar. 

E o que os amantes estranharam no outro amante, o que a mulher ocultou sempre ao marido de quem é, o que a mãe pensa do filho que não teve, o que teve forma só num sorriso ou numa oportunidade, num tempo que não foi esse ou numa emoção que falta — tudo isso, no meu passeio à beira-mar, foi comigo e voltou comigo, e as ondas estorciam magnamente o acompanhamento que me fazia dormi-lo. Somos quem não somos, e a vida é pronta e triste.

O som das ondas à noite é um som da noite; e quantos o ouviram na própria alma, como a esperança constante que se desfaz no escuro com um som surdo de espuma funda! Que lágrimas choraram os que obtiveram, que lágrimas perderam os que conseguiram! E tudo isto, no passeio à beira-mar, se me tornou o segredo da noite e a confidência do abismo. Quantos somos! Quantos nos enganamos! Que mares soam em nós, na noite de sermos, pelas praias que nos sentimos nos alagamentos da emoção! Aquilo que se perdeu, aquilo que se deveria ter querido, aquilo que se obteve e satisfez por erro, o que amamos e perdemos e, depois de perder, vimos, amando por tê-lo perdido, que o não havíamos amado; o que julgávamos que pensávamos quando sentíamos; o que era uma memória e críamos que era uma emoção; e o mar todo, vindo lá, rumoroso e fresco, do grande fundo de toda a noite, a estuar fino na praia, no decurso noturno do meu passeio à beira-mar…

Quem sabe sequer o que pensa, ou o que deseja? Quem sabe o que é para si-mesmo? Quantas coisas a música sugere e nos sabe bem que não possam ser! Quantas a noite recorda e choramos, e não foram nunca! 

Como uma voz solta da paz deitada ao comprido, a enrolação da onda estoura e esfria e há um salivar audível pela praia invisível fora. Quanto morro se sinto por tudo! Quanto sinto se assim vagueio, incorpóreo e humano, com o coração parado como uma praia, e todo o mar de tudo, na noite em que vivemos, batendo alto, chasco, e esfria-se, no meu eterno passeio noturno à beira-mar!


Fernando Pessoa, bajo el heterónimo Bernardo Soares
En Libro do dessasossego (escrito entre 1913 y 1935, editado en 1982)
Versión castellana de Miguel Ángel Crespo (Ed. Seix Barral, 1984)

lunes, 29 de enero de 2018

Fernando Sabino: Tres cosas (Bilingüe)







De todo quedaron tres cosas

De todo quedaron tres cosas: la certeza de que estaba siempre comenzando, la certeza de que había que seguir y la certeza de que sería interrumpido antes de terminar. Hacer de la interrupción un camino nuevo. Hacer de la caída un paso de danza, del miedo una escalera, del sueño un puente, de la búsqueda un encuentro.



De tudo ficaram três coisas

De tudo ficaram três coisas: a certeza de que ele estava sempre começando, a certeza de que era preciso continuar e a certeza de que seria interrompido antes de terminar. Fazer da interrupção um caminho novo. Fazer da queda um passo de dança, do medo uma escada, do sonho uma ponte, da procura um encontro.




Fernando Tavares Sabino
En O encontro marcado (1956)
Versión castellana de Guillermo Hurtado (Ed. Luis de Caralt, 1964)

domingo, 18 de junio de 2017

Wang Ling: Dos poemas







Los muertos están muertos, esto es irrevocable...

Los muertos están muertos, esto es irrevocable
e inútil lamentarlo.
Pero los vivos no cesan de suspirar
pensando en ellos.
Así lloraron siempre sobre esta tierra
y seguirán llorando.
Rota la cuerda lastimera vibra sin fin,
el canto doloroso de los vivos se repite, sin término.
Son los ojos de los hombres los que lloran,
pero las lágrimas suben del corazón.
Las detenemos un instante,
pero jamás podremos ahogar su veneno profundo.


Versión castellana de María Teresa León y Rafael Alberti
En Poesía china, Editorial Losada, Buenos Aires (2015)






Sequía y calor canicular

Impotente el bochorno
para matar el calor,
vuelve a volar el sol poniente
por encima de la montaña.
Gran temor sí que tiene el hombre
de hallar secos el río y el mar.
¿No tenéis, cielos, lástima
de ver agotada la Vía Láctea?
Lleva acumulada en su cumbre
la cordillera Kunlun* nieve eterna.
De la lejana isla Penglai**
una constante frescura emana.
Siendo imposible llevar conmigo
al mundo entero,
¿cómo podría permitirme
ir a disfrutarla en exclusiva yo solo?


*   Cordillera que atraviesa las provincias de Xinjiang, Qinghai y el Tíbet.
** Una de las tres islas imaginarias en el mar Amarillo donde viven, según la leyenda, los seres inmortales.

Versión castellana de Alfredo Gómez Gil
En Antología poética de las dinastías Tang y Song
Miraguano Ediciones, Madrid (2009)



WANG LING
(1032–1059)
Originario de Guangling (hoy ciudad de Yangzhou, provincia de Jiangsu).
Maestro de escuela. Poeta de la Dinastía Song



sábado, 22 de abril de 2017

Alejo Carpentier: El terror y el silencio







Y cerró la ventana el secretario, puesto repentinamente en la cotidianidad de los Negocios de la Muerte, únicos negocios florecientes manejados, en estos tiempos de crisis, por hombres hábiles, buenos conocedores de una siempre segura clientela, movida por ancestrales angustias escatológicas ante la idea del Sueño-sin-Despertar. En el país entero, por un proceso sincrético de tradiciones donde lo extremeño —nuestro primer Conquistador era oriundo de Cáceres, como Pizarro— se había mezclado con lo indio, los ritos mortuorios eran complejos, aparatosos y prolongados. Cuando había difunto en un pueblo, invadía la casa el vecindario, transformando el velorio en un acto colectivo de gran resonancia, con asamblea de hombres en portales, patio y aceras, fondo dramático de llantos y plantos y sollozos y desmayos de mujeres, sin que faltaran, durante toda la noche, servicios de café negro, chocolate en jícara, vinos peleones y recios aguardientes, en gran teatro de emocionados abrazos, oraciones y lamentos en torno al ataúd —y aparatosas reconciliaciones de familias ayer enemigas, que volvían a encontrarse, tras de años sin verse, en tan solemne ocasión. Luego, eran lutos, medios lutos, cuartos de lutos, lutos de nunca acabar que, cuando se trataba de una viuda de buen ver, se observaban hasta nuevo matrimonio. Y esto subsistía en la importante capital de hoy, aunque transformándose en cuanto a la escenografía. Ya los muertos no se tendían y velaban en las viviendas, sino en establecimientos funerarios, cada vez más numerosos —a población creciente, mayor número de finados— que competían en ofrecer mayores lujos e innovaciones a sus favorecedores. Y, poco a poco, esas funerarias se habían multiplicado en el centro de la urbe, apretando un cerco de mala sombra en torno al Palacio Presidencial —con cajas en perpetuo ir y venir, trasiego de flores, movimientos de ángeles y cruces, caballos de gualdrapa negra, vehículos con carrocería de cristal, llegadas nocturnas de yertas anatomías envueltas en sábanas verdes… Pero la más extraordinaria de todas acababa de inaugurarse muy cerca, al lado del Ministerio de Gobernación, con tintorería anexa, imitación de un Deuil en vingt-quatre heures que se encontraba en París, tras de la Madeleine, en el ángulo de la Rue Tronchet. Lo notable, en La Eternidad, era que las familias podían escoger, para recibir pésames y condolencias al pie del ataúd, un estilo de moblaje, decoración y ambiente. Ahí había Sala Colonial, Sala Imperio, Sala Renacimiento Español, Sala Luis XV, Sala Escorial, Sala Gótica, Sala Bizantina, Sala Egipcia, Sala Rústica, Sala Masónica, Sala Espiritualista, Sala Rosa-Cruz, con sillas, emblemas, ornamentos, símbolos, ajustados al carácter de la capilla ardiente. Y, si tal era la voluntad de los usuarios, como gran innovación traída de los Estados Unidos, el velorio se acompañaba de músicas de noble y sereno estilo, sin contrastes de intensidad ni tempo —aunque nunca fúnebres del todo— ejecutados por cuartetos o pequeños conjuntos de cuerda con harmonio, sahumados por el incienso, ocultos tras de un enrejado de siemprevivas o el seto de las coronas montadas en caballetes, cuyo repertorio se centraba en la Meditación de Thais, El cisne de Saint-Saëns, la Elegía de Massenet, el Ave María de Schubert, y el otro, de Gounod, tocados y vueltos a tocar, sin descanso, desde la llegada de la urna hasta su salida hacia el cementerio. Cuando esas melodías se le colaban en Palacio en horas de la madrugada, el Primer Magistrado, exasperado de oír lo mismo y lo mismo, cien veces repetido —más fuerte cuando aún no había tránsito de automóviles en el Parque Central— mandaba a cerrar todas las ventanas, aunque perseguido, interiormente, por los temas que le seguían sonando dentro del cráneo. Y sólo lograba volver al sueño recurriendo al Santa Inés del maletín-Hermes, siempre puesto en velador a la cabecera de su hamaca… y, por lo mismo que eso estaba ahí desde hacía semanas y semanas, una mañana se sintió ensordecido, pero ensordecido de silencio —de insólito silencio. Las ventanas habían sido abiertas, de madrugada, por la Mayorala Elmira, pero la brisa entraba en su cuarto, ligera, todavía oliente a verdores de amanecer, sin cargar con la Elegía, El cisne, la Meditación, ni los avemarías. —«Algo raro ocurre» —se dijo. Y algo raro, muy raro, ocurría en efecto: lo nunca visto, lo nunca recordado —aun por los ancianos que más recordaban. La capital empezaba su día —aquel día— en silencio, un silencio que no era solamente el de la funeraria, silencio de otras épocas, silencio de albas remotas, silencio de cuando pastaban las cabras en las calles principales de la ciudad; silencio roto, tan sólo, por un rebuzno lejano, la tos de una tosferina, el llanto de un niño. No pasaban autobuses. No tintinabulaban los tranvías. No rodaban los carros lecheros. Y, lo que era más raro aún, las panaderías y cafés, negocios tempraneros, no habían abierto sus puertas, en tanto que las tiendas permanecían con las cortinas metálicas corridas. Una total ausencia de pregones —ni churros calentitos, ni tamarindos para el hígado, ni ostras frescas de Chichiriviche, ni tamales de buena masa, ni la corneta del vendedor de torrejas…— se hacía anuncio de acontecimientos de una extremada gravedad, con aquel encogimiento de las cosas, aquella expectación medrosa, latente, indefinida, que suele observarse —aunque es advertencia nunca entendida— en vísperas de grandes terremotos o de erupciones volcánicas. (Los árboles de la región del Paricutín tuvieron miedo, se engrisaron en sus terrores silenciosos, muchas semanas antes de que hacia ellos avanzara, lenta, inexorable, una lava que ya les bullía sordamente bajo las raíces…). —«Pero… ¿qué pasa? ¿Qué es esto?» —preguntó el Primer Magistrado al ver entrar en su cuarto al Doctor Peralta, seguido de Ministros y Militares que, violando abruptamente su intimidad, atropellaban el protocolo: —«¡Huelga general, señor Presidente!». —«¿Huelga general? ¿Huelga general?» —preguntaba (se preguntaba) como atontado, sin entender a los demás, sin entenderse a sí mismo. —«Huelga general. O, si lo prefiere: paro general. Todo está cerrado. Nadie ha ido al trabajo». —«¿Y los empleados públicos?». —«No hay autobuses, tranvías, ni trenes»… —«Y no hay un alma en las calles» —dijo la Mayorala Elmira, abriéndose paso entre alpacas y guerreras. El Primer Magistrado se asomó al balcón. Los perros del Palacio, llevados por un cabo de la guardia, meaban en torno a la fuente del Parque. Pero los perros no tienen alma. No eran almas. Y aquella Funeraria, sin música… Se volvió hacia los presentes con la peor de las caras: —«¿Huelga general, no? ¿Y ustedes no sabían nada?». Los demás empezaron a hablar atropelladamente, en un entrecruzado intríngulis de explicaciones, aclaraciones, eximencias —«recuerde que yo dije», «recuerde que yo advertí», «recuerde que, en el último Consejo, yo»…— que no acababan de constituirse en una convincente argumentación. Hasta ahora, sólo en el interior de la República —en Nueva Córdoba, en los puertos…— se habían visto huelgas verdaderas; aquí las llamadas al paro nunca habían tenido consecuencias mayores; en estos días, ciertamente, se habían repartido papelitos, volantes, hojas clandestinas; además, las huelgas de peones, changadores, camioneros, etc., eran cosas predicadas por El Estudiante, y todos sabíamos que jamás los comerciantes, empleados de tiendas, gentes de clase media, habían prestado atención alguna a los llamados y consignas del Estudiante; los hombres de orden y trabajo no se sentían aludidos por aquello de Proletarios del mundo entero porque en nada se sentían proletarios; y yo estaba ausente de la capital, y yo tuve que llevar la familia a Bellamar, y yo no podía imaginarme, y sin embargo me contó mi hija… (no nos importa un coño lo que te contó tu hija…); además, nunca, nunca, nunca, en la historia del Continente, se había visto una huelga de personas de cuello y corbata; esos bochinches eran cosas de maleantes, y no íbamos a hacer caso de todos los rumores; mi hija me contó que las monjas de Tarbes… (no jodas más con tu hija…); yo dije siempre que aquella Campaña de Rumores, las falsas epidemias, el caballo de madera en el acueducto, las amenazas de muerte, las calaveras enviadas por correo, en fin, yo siempre dije que… —«Y ya que se habla de muertos» —dijo Peralta, rompiendo el estrépito de voces subidas unas encima de las otras—… «lo más inesperado, lo más insólito, es lo que me cuenta La Mayorala: todo el personal de las funerarias se ha sumado al movimiento. Y no sólo los músicos esos, de ‘La Eternidad’, sino también los del tendido, los cocheros y chóferes de Pompas Fúnebres, los enterradores, los sepultureros, los zacatecas… Las familias tienen que velar en casa a los que murieron anoche, porque no hay quien venga a cargar con ellos». —«Al menos, los que murieron anoche no se sumaron a la huelga» —dijo el Primer Magistrado, de súbito aplacado—: «Por lo mismo, para que no se aburran en el Más Allá, les vamos a dar alguna compañía. Se merecen una recompensa». Hubo un expectante silencio: —«Vamos a hablar corto y bueno… A Elmira, que traiga café».

Serían las diez de la mañana cuando a las calles salieron automóviles de rápida circulación, carros-enlace de los cuarteles de bomberos, motocicletas con sidecar, llevando policías que, aullando en megáfonos de cuero y bocinas de aluminio, de los que se usaban en las competencias deportivas, hicieron saber a los comerciantes con oídos para oír que quienes no abrieran sus tiendas antes de dos horas, con empleados o sin ellos, serían privados de sus patentes y castigados con multas y prisiones; a los extranjeros de origen —aun nacionalizados desde hacía mucho tiempo— se les expulsaría del país. Los avisos conminatorios se repitieron y volvieron a repetir hasta que en la Catedral sonaron doce campanadas. —«Al menos, el campanero no está en huelga» —observó el Presidente. —«Es que ahí han instalado un mecanismo eléctrico» —explicó Peralta, pronto arrepentido de haber dicho lo que hubiese podido ser interpretado como un chiste. —«Esperemos». Ahora La Mayorala traía botellas de coñac y ginebra holandesa en frascos de barro, con habanos Romeo y Julieta y brevas de Henry Clay… El Primer Magistrado, a menos de cada media hora sacaba el reloj para ver si ya había transcurrido una hora. La una. Las dos. De «La Eternidad» salió un ataúd, llevado en hombros de gente enlutada —de la familia, seguramente— que, a pie, tomó el camino del camposanto. Y, a las tres, reinaba el mismo silencio en toda la capital. Sólo algunos comerciantes cantoneses habían abierto sus tiendas de abanicos, biombos y marfiles, por temor a ser devueltos a una China que era, ahora, la del Kuo-Ming-Tang y los Señores de la Guerra… De pronto, el Presidente, rompiendo la larga espera, se dirigió, resuelto y tajante, al Jefe del Ejército: —«Ametrallen las tiendas cerradas». Mano a la visera y taconazo… Y, quince minutos después, sonaron las primeras andanadas, disparadas sobre cortinas metálicas, hierros ondulados, enseñas, escaparates y vitrinas. Nunca se había llevado una guerra tan liviana. Nunca se habían divertido tanto, los de la infantería, como en este itinerante campo de tiro donde, siempre sin apuntar, disparando por banda, se daba en algún blanco —magnífica batalla sin riesgo de respuesta en voz de plomo. Y era una masacre de gente de cera —novias de cera con azahares de cera; caballeros vestidos de frac con bisoñé puesto sobre cráneos de cera; amazonas, jugadores de golf y tenistas, de cera muy clara; la camarera, de cera menos clara, vestida a la francesa; el lacayo, parecido a nuestro Sylvestre de París, pero de cera más obscura que el de la mucama; un monaguillo, un pertiguero, un jockey, para figuración, todos en matiz de cera ajustado al oficio…—, sin olvidar las Vírgenes y Santos que, traídos del barrio de Saint-Sulpice, se ofrecían, con mantos de yeso policromado, nimbos y atributos, en los comercios de misales y artículos piadosos. Además de las 30/30 disparaban los máusers de la tropa y hasta algún viejo fusil Lebel, sacado de los trasfondos del Arsenal. Y, en esta gran Batalla-contra-las-cosas, se desmoronaban las cristalerías, volaban las vajillas encargadas para regalo de boda, estallaban los frascos de perfume, los jarrones, las porcelanas, cuanto fuese de Sajonia o de Murano, las ollas de barro, los pomos y botijos, y hasta los vinos espumosos que, reventando con liberada energía, rompían botellas vecinas. Varias horas duró el asalto a las jugueterías, el tiro a biberones, el fusilamiento de Buster Brown y Mutt and Jeff, la defenestración de los títeres, la matanza de cuclillos suizos, la Profanación de la Ostra, la segunda decapitación de un San Dionisio que, llevando ya su cabeza en la mano, la vio caer al suelo, al ser alcanzada, a media mejilla, por una bala de grueso calibre… Pero a pesar de tantos quehaceres y afanes cayó sobre la ciudad una noche sin alumbrado público, sin focos en los parques, sin bombillas de publicidad, sin mecheros encendidos —todavía quedaban algunos mecheros de gas, de los de sereno y chuzo, en los barrios pobres—, sin luna siquiera, pues se estaba en cuarto menguante y con tiempo nublado. Y fue aquélla una larga, una interminable noche, una lóbrega noche, acostada sobre una ciudad inerte, callada, como desertada, abandonada, bajo una metralla —aún sonaban ráfagas intermitentes, aquí, allá— que le fuese ajena. Se advirtió, en esas horas de expectación, del no-saber-lo-que-traerá-el-día-próximo, que ciertos silencios, silencios anteriores al surgimiento de toda voz, de toda letra, pueden ser más angustiosos que el clamor de un profeta, que el delirio agorero de un inspirado… (Y sin embargo, en muchas casas, casas mudas, de cortinas corridas, de persianas apretadas, casas de ministros, de generales, casas de Gente del Poder, en sótanos, en desvanes, en habitaciones del traspatio, procedíase, bajo luces de linterna, de quinqués antiguos, de velas llevadas en alto, a esconder cosas, a sacar joyas de baúles, a cerrar cajas, a desempolvar maletas, a coser billetes de banco —dólares, sobre todo— en los forros, solapas, faldones, de trajes, abrigos y capas, en previsión de alguna fuga necesaria… Mañana, los niños serían enviados a las playas del Atlántico [estaban anémicos; prescripción médica]; muchas familias serían dispersadas en provincias y ciudades del interior [abuelita enferma; abuelito cumple noventa y siete años], devueltas a la casa solariega, a las casas de origen [mi hermana tuvo un parto malo; la otra anda mal de la cabeza], en espera de lo que pudiese ocurrir. Entretanto, en las cocinas, sin más claridad que la de cigarros que, a cada chupada, dibujaban una cara, los hombres, más fumadores cuanto más comprometidos, reunidos en torno a botellas de ron, de whisky, que se buscaban a tientas para llenar copas a tientas halladas, discutían de la situación. Un pánico sordo, contagioso, ascendente, rumiado de mil maneras, llenaba las penumbras, poniendo sudores de miedo en las sienes y en las nucas…). Borráronse las Osas y constelaciones en un alba gris, y la capital seguía en silencio. El país entero seguía en silencio. La metralla había sido inútil. El sol metíase lentamente en las calles, sacaba menudos brillos de los cristales rotos que cubrían las aceras. Y ahora, para colmo, el Jefe de la Policía comprobaba que sus hombres estaban aterrorizados. No se hubiesen mostrado tan encogidos, tan malencarados, tras de una lucha de calles, un asalto a barricadas, una trabazón de infantes y jinetes, un ataque, hombro con hombro, contra una multitud armada de palos, de cabillas, de tubos de hierro, y hasta de algún arma de fuego —pistolas viejas, generalmente; fusiles de caza, escopetas de otros tiempos—; estaban aterrorizados ante el silencio, la soledad en que se hallaban, la vaciedad de calles que desembocaban a las laderas de los montes circundantes, sin que en ellas, hasta donde alcanzara la vista, se viese transeúnte alguno. Menos hubiesen temido una carga de gentes enardecidas que el tiro solo, aislado; ese tiro suelto, único, bien pensado, tras de mucho centrar la imagen en la mira, que podía salir de un tejado, una azotea, dejando un hombre tendido en el asfalto con la sien, el entrecejo, tan limpiamente, tan certeramente agujereados como si en ellos se hubiese encajado una lezna de talabartero. Acuarteladas estaban las tropas; vivaqueaban los de la infantería en sus patios, fumaban los centinelas en sus garitas. Y nada. El silencio. Un silencio que rompía a veces —muy de tarde en tarde— el estruendo de una motocicleta acelerada por el miedo de quien, a horcajadas sobre ella —eran todas de marca Indian—, llevaba algún desagradable, lacónico y confidencial mensaje al Palacio. Allí, rendidos los unos en butacas y divanes, manteniéndose despiertos a fuerza de tabaco y café los que tenían las entrañas demasiado estragadas por el licor, estaban, de caras cerosas, cuellos sucios, chaquetas quitadas, tirantes de fuera, los Altos Jefes y Dignatarios de la Nación. Tieso, inmóvil, digno y ceñudo en medio del desplome de los demás, el Primer Magistrado esperaba: esperaba a La Mayorala Elmira que, embozada en un chal de bolillo, había salido a buscar noticias vivas, de andar por calles, de arrimar la oreja a las puertas, de meter el ojo en ventana entornada, de hacer hablar a un improbable transeúnte —comadrita borracha, saqueador de menudencias, tembloroso apremiado de aguardiente— hallados por el camino. Pero ahora le volvía, tras de mucho andar, sin haber recogido nada interesante. O, mejor dicho, sí: una sola cosa. En todas las paredes, los muros, las vallas, de la ciudad, miles de manos misteriosas habían escrito con tizas claras —blancas, azules, rosadas— una sola frase, siempre la misma: «¡Que se vaya! ¡Que se vaya!»… El Mandatario, tras de una breve pausa, sacudió una campanilla, como en sesión parlamentaria. Los demás se levantaron de donde yacían, tratando, con ajustes de corbatas, cierre de botonaduras, y manos llevadas al pelo, de recobrar alguna compostura. —«La bragueta, y perdone» —dijo Elmira al Ministro de Comunicaciones, advirtiendo que la tenía abierta. —«Señores» —dijo el Primer Magistrado… Y fue un discurso bueno, dramático aunque sin toques de emoción o elocuencia, simple glosa a lo narrado por La Mayorala. Si sus compatriotas tenían su renuncia por necesaria; si sus colaboradores más fieles (y les rogaba que le respondieran llanamente, con franqueza, con ecuanimidad…) compartían ese criterio, estaba resuelto a entregar el poder, inmediatamente, a quien se creyera mejor capacitado para asumirlo. —«Espero vuestra respuesta, Señores». Pero los señores no respondían. Y, después de unos minutos de estupor, de agónico recuento de realidades, fue el Miedo, el Gran Miedo —el Miedo Azul, irrebasable, de la conseja popular. Pensaban todos, de pronto, mirándose unos a otros, que la permanencia, la presencia, la dureza, y, sobre todo, la Plena Aceptación de Responsabilidades, la Plena Aceptación de Culpas, de Quien ahora esperaba el sonido de una voz con creciente impaciencia, era lo único que podía salvarlos de lo que ya les estaba rondando las casas. Si la ira popular se desataba, si las masas se tiraban a las calles, buscarían un absceso de fijación, un objeto donde descargar sus martillazos, un chivo emisario, una Cabeza Máxima para alzarla en la punta de una pica, mientras ellos, acaso, tomando distintos rumbos de fuga, lograrían escapar por algún medio. De lo contrario, el furor los alcanzaría a todos por igual, y sus cuerpos, a falta del Cuerpo que tenían delante, irían a parar, arrastrados, descuartizados, sin semblantes identificables, a las cloacas de la ciudad —cuando no los hubiesen colgado de un poste telegráfico con infamante letrero en el pecho… El Presidente del Senado, por fin, tomó la palabra, diciendo lo que todos querían que dijese: Que después de tantos sacrificios hechos por el bien del país (aquí, enumeración de algunos…), en momentos en que nuestra nacionalidad era amenazada por fuerzas disolventes (aquí, imprecatoria contra socialistas, comunistas, beduinos internacionales [?], El Estudiante y su periódico, el catedrático de Nueva Córdoba y su partido creado ayer, como quien dice, con el pedante título de Alfa-Omega —«ése es el que más jode», comentó Peralta, al punto acallado por un disgustado gesto del escuchante), en estas horas críticas, se pedía al Primer Magistrado una suprema muestra de abnegación, etc., etc., porque si en tan grave trance nos abandonaba privándonos de los auxilios de su lucidez y sagacidad política (aquí, mención de otras cualidades y virtudes), la Patria, desamparada, sólo podría gemir, como Nuestro Señor en la Cruz: «Eloi, Eloi, lama sabachtani»… El Presidente, que había escuchado con la cabeza gacha, caído el mentón sobre la pechera, abrió los brazos en un enérgico enderezo de todo el cuerpo: —«Señores, trabajemos… Queda abierto el Consejo». Hubo largos aplausos y cada cual ocupó su puesto en la larga mesa que centraba el salón contiguo, adornado de auténticos Gobelinos.

Y aquel día, a eso de las 3 de la tarde, empezaron a sonar muchos teléfonos. Unos, al principio, intermitentes y desperdigados. Luego, más numerosos, más subidos de tono, más impacientes en largar gritos. Una multitud de teléfonos. Un vasto coro de teléfonos. Un mundo de teléfonos. Y llamadas de patio a patio, voces que corrían sobre los tejados y azoteas, pasaban de cerca a cerca, volaban de esquina a esquina. Y ventanas que empiezan a abrirse. Y puertas que empiezan a abrirse. Y uno que se asoma, gesticulando. Y diez que se asoman, gesticulando. Y las gentes que se tiran a las calles; y los que se abrazan, y los que ríen, y los que corren, se juntan, se aglomeran, hinchan su presencia, forman cortejo, y otro cortejo, y otros cortejos más que aparecen en las bocacalles, bajan de los cerros, suben de las hondonadas del valle, se funden en masa, en enorme masa, y claman: «¡Viva la Libertad!»… Ya lo saben todos y lo repiten todos: el Primer Magistrado acaba de morir. De un infarto cardiaco, dicen unos. Pero, no; ya se sabe que fue asesinado por unos conjurados. Tampoco: el que disparó fue un sargento afiliado al Alfa-Omega. Pero no, tampoco fue así: uno que sabe, sabe que fue derribado por El Estudiante, así, con la misma pistola belga que el Hombre tenía siempre sobre la mesa, vaciándole todo el peine —unos dicen que esos peines son de seis balas, otros que de ocho— en el cuerpo. Un camarero de Palacio, que lo vio todo, dice… Pero ha muerto. Ha muerto. Esto es lo grande, lo hermoso, el júbilo, la enorme fiesta. Y parece que están arrastrando el Cadáver —el enorme Cadáver— por las calles. Lo vieron los del barrio de San José —tirado de un camión, rebotándole el cráneo sobre el adoquinado. Ahora, ir hacia el centro cantando el Himno Patrio, el Himno de los Libertadores, La Marsellesa, y algo de La Internacional que surge de pronto, inesperadamente, a la luz del día, entonada en coro… Pero en eso aparecen los carros blindados de la 4.ª Motorizada, abriendo fuego sobre la multitud. Dispara, de golpe, la guarnición de Palacio, resguardados los hombres por los anchos balaustres de la terraza superior y los sacos de arena traídos días atrás. Caen granadas de la torre de la Telefónica, abriendo aullantes boquetes en la muchedumbre que, abajo, se aglomeraba en un mitin. Asoman sus bocas, en las esquinas, docenas de ametralladoras. Cerrando las avenidas avanzan ahora, lentamente, pausadamente, policías y soldados en filas apretadas, largando una descarga de fusil a cada tres pasos. Y ahora corren, huyen, las gentes despavoridas, dejando cuerpos y más cuerpos y otros cuerpos más en el pavimento, arrojando banderolas y pancartas, tratando de meterse en los zaguanes, de forzar las puertas cerradas, de saltar a los patios interiores, de levantar las tapas de las cloacas. Y las tropas avanzan, despacio, muy despacio, disparando siempre, pisando a los heridos que yacen en el piso, o rematando, a culata o bayoneta, al que se les agarra de las polainas y botas. Y, al fin, luego del descrescendo y dispersión de la turbamulta, quedan las calles desiertas otra vez. Salen los carros bomberos para apagar algunos incendios. Suenan, aquí, allá, desgarradas, largas, en roja insistencia, las sirenas de ambulancias. Al caer la noche, todas las calles son patrulladas por el ejército. Y tienen todos —todos aquellos que tanto hubiesen cantado los himnos y dado vivas a esto y aquello— que darse cuenta de una realidad atroz. El Primer Magistrado se asesinó a sí mismo, hizo difundir la noticia de su muerte, para que las masas se echaran a las calles y fuesen ametralladas en soberano alcance de tiro… Y ahora, sentado en la silla presidencial, rodeado de sus gentes, celebraba la victoria: —«Ya verán cómo mañana se abren todas las tiendas, y se acaban las cabronadas y mariqueras». Afuera, seguía el coro de las sirenas. —«Trae champaña, Elmira. Del bueno; del que está en el mueble que tú sabes»… De tarde en tarde sonaba un disparo de rifle, aislado, lejano, de sonido más débil que el de las armas reglamentarias. —«Todavía queda, por ahí, algún pendejo» —decía el Mandatario—:

«Señores: una vez más, la hemos ganado»… Y tantas cosas habían ocurrido durante el día, tan abandonados estaban los edificios públicos, que nadie advirtió un hecho raro: la repentina desaparición —el robo, desde luego— del Diamante del Capitolio; sí, de aquel enorme diamante de Tiffany engastado en el corazón de una estrella y que, al pie de la gigantesca estatua de la República, marcaba el Punto Cero —convergencia y partida— de todas las grandes carreteras del país.





En El recurso del método (1974)
Tapa, contratapa y portadilla de su primera edición
Al cuidado de Martín Soler, Siglo XXI Editores, México, 1974
Imagen de tapa: Ritmo libre volador, de Myra Landau